El mes de las terrazas, los libros y los comienzos

Una oda a los comienzos amables, las librerías con la puerta abierta y esa luz de abril que nos recuerda, sin exigir nada, que la vida también está hecha para detenerse y disfrutar.

 

Por Lidia Roselló

HoyLunes – Hay un momento muy concreto en abril en el que una se da cuenta de que algo ha cambiado. No sabes muy bien qué ha sido. Tal vez la luz, que cae de otra manera sobre las fachadas. Tal vez ese primer café al sol que ya no pide abrigo ni excusas. Tal vez la sensación de que, por fin, salir a la calle deja de ser una obligación y vuelve a convertirse en un pequeño placer. Pero pasa. De repente, la ciudad parece otra. Y tú también.

Abrir un libro, abrir una puerta: Pequeños comienzos íntimos que no necesitan la presión de enero.

A mí me ocurre todos los años. Llega abril y empiezo a mirar más. A levantar la vista. A fijarme en detalles que durante el invierno me pasan desapercibidos: las terrazas que vuelven a llenarse poco a poco, las conversaciones que se alargan sin prisa, las plazas que recuperan su ruido amable, las librerías con la puerta abierta, el impulso repentino de caminar un poco más solo porque sí. Como si durante meses hubiéramos vivido en modo funcional, cumpliendo horarios, tachando tareas, sobreviviendo a base de rutina envueltas en un gran abrigo negro. Y de pronto, con la llegada de la primavera, algo dentro de nosotras recordara que también está hecho para disfrutar.

Las ciudades en primavera tienen algo especial. No sé si es una cuestión de temperatura, de luz o de ánimo colectivo, pero se nota. Se nota en el ritmo de la gente, en esa manera de ocupar la calle con más ganas, con menos prisa, con una ligereza que parece contagiosa. Se nota en los escaparates, en los parques, en las mesas al aire libre, en el murmullo de las tardes largas. Incluso en quienes siempre van acelerados hay como una pequeña tregua. Abril tiene esa capacidad: no lo cambia todo de golpe, pero sí afloja algo por dentro.

Y creo que por eso gusta tanto. Porque no exige grandes gestos, no impone grandes propósitos, no nos pide que nos reinventemos de un día para otro. Solo nos invita a volver. A la calle. A la luz. A las ganas. A esa parte de nosotras que en invierno se repliega un poco, casi sin querer. La primavera, al menos para mí, nunca ha sido una estación grandilocuente. No llega con estruendo. Llega con señales pequeñas, con ropa más ligera, con ventanas abiertas. Con planes improvisados y con esa sensación de que quedarse un rato más ya no pesa.

Abrir un libro, abrir una puerta: Pequeños comienzos íntimos que no necesitan la presión de enero.

A veces pienso que las ciudades despiertan en primavera porque nosotros también lo hacemos. Después de los meses fríos, de los días cortos, del cansancio acumulado, abril nos devuelve un poco de energía. No necesariamente una energía explosiva, de esas de “cambio radical”, sino algo mucho más real y más bonito: ganas de estar, de mirar, de leer, de pasear, de hacer pequeños planes que nos recuerden que la vida no es solo trabajar y llegar a todo. Que también está hecha de ratos sin productividad, de paseos sin destino, de sobremesas que se estiran, de libros que empiezan en una terraza y terminan en casa.

Y luego están precisamente los libros. Porque si hay algo que para mí encaja con abril, además de la calle y la luz, es esa idea de abrir una historia nueva. Siempre me ha parecido que los libros y la primavera se entienden bien. Quizá porque ambos comparten cierta promesa. Un libro es, en el fondo, una posibilidad. Una puerta. Un comienzo. Y abril también lo es. No hace falta que ocurra nada enorme para sentir que algo empieza. A veces basta con elegir una lectura nueva, sentarse al sol y notar que una respira distinto.

Me pasa mucho en esta época del año: vuelvo a sentir ganas de leer de otra manera. No solo por leer, sino por acompañarme. Por encontrar historias que encajen con ese ánimo un poco más abierto, más curioso, más dispuesto. Igual que vuelven las ganas de pasear sin rumbo, de descubrir un sitio nuevo en tu propia ciudad, de quedar con alguien solo por el placer de hablar. Abril tiene algo de recordatorio. Nos dice que todavía estamos a tiempo de empezar cosas. No necesariamente grandes proyectos, sino comienzos más íntimos: volver a escribir, recuperar una costumbre, hacer una llamada pendiente, salir más, mirarnos mejor.

Me parece bonito pensarlo así porque a veces asociamos los comienzos a enero, a las listas, a los propósitos, a esa presión por convertirnos en una versión impecable de nosotros mismos. Y, sin embargo, para muchas personas el verdadero inicio llega ahora. Cuando el cuerpo se siente más ligero. Cuando el día acompaña. Cuando la ciudad deja de parecer hostil y vuelve a invitar. Abril es un mes mucho más amable para empezar de nuevo, porque no lo hace desde la exigencia, sino desde el deseo.

Quizá por eso me gusta tanto este mes. Porque no empuja, pero sugiere. No obliga, pero abre. No pide grandes explicaciones. Solo deja esa sensación de que algo bueno podría empezar en cualquier momento. En una terraza. En una conversación inesperada. En una tarde que se alarga sin haberlo planeado. En una librería. En una decisión pequeña que, sin saberlo, termina cambiándolo todo.

Conversaciones sin prisa y tardes que se alargan porque quedarse ya no pesa.

También me gusta abril porque tiene algo muy femenino en el sentido más cotidiano de la palabra: esa capacidad de sostener muchas cosas a la vez sin hacer ruido. La belleza, la calma, el impulso, la nostalgia incluso. Porque sí, la primavera también remueve. A veces una se pone más sensible, más receptiva, más consciente del paso del tiempo. Pero incluso eso me parece valioso. Que una estación pueda recordarte que sigues viva, que sigues deseando cosas, que todavía te ilusionan ciertos planes sencillos, me parece casi un regalo.

En tiempos en los que todo va tan rápido, en los que parece que siempre hay que estar produciendo, aprovechando, demostrando, me gusta que abril venga a recordarnos otra forma de vivir. Más pausada. Más observadora. Más disfrutona, si se me permite la palabra. Una forma de estar en el mundo un poco más conectada con lo que sentimos y no solo con lo que hacemos. Porque no todo tiene que ser épico. A veces una buena tarde al sol, una ciudad bonita, una mesa compartida y un libro a medias pueden ser más que suficientes.

Tal vez por eso me gusta tanto cuando las ciudades despiertan en primavera y salen las ferias del libro a las calles. Porque, en el fondo, nosotras despertamos con ellas. Y hay algo profundamente esperanzador en sentir que, sin necesidad de romper con todo, una puede volver a empezar simplemente dejando entrar otra luz.

Lidia Roselló. Escritora. Fotógrafa

 

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